El Decreto No. 230 de 2002
Su impacto en la motivación de los estudiantes
Miguel De Zubiría Samper[1] [2]
La idea de que estaba ocurriendo algo grave en el Sistema Educativo me la dio un muchacho con quien hablé luego de un grave intento de suicidio de su parte. En síntesis, luego de hablarme de su soledad, como hijo único con varias incompetencias interpersonales, me relató que también había perdido cualquier motivación para estudiar, hacer las tareas, hasta ir al colegio. No valía la pena. “Hoy da lo mismo ser excelente estudiante que pésimo, todos pasan”.
¿Cómo pudo ocurrir esto? Pasar de una educación supuestamente represiva donde muy pocos sobresalían y demasiados perdían, hasta el extremo contrario de que por Decreto la inmensa mayoría apruebe sin esfuerzo, sin estudio. Algo definitivamente aberrante desde la psicología de la motivación.
¿Podría el Decreto 230, planeado con la mejor intención de evitar que los niños repitan el año, mejorar la cobertura, impedir la deserción y hacer grata la vida escolar, eliminando cientos de dolorosas tensiones, estrés, exigencias, estimular el suicidio de nuestros jóvenes? Y no solo eso sino hundirlos en los peligrosos estados mentales de apatía y depresión, y hasta deteriorar sus funciones mentales superiores. Parece del todo descabellado siquiera pensar en esta posibilidad… y bien podría ocurrir.
Similar le ocurrió a mi querido tío Nano. Sufrió por muchos años de una progresiva úlcera que le causó inmensos dolores. Hasta un día cuando, luego de aplicarse los mejores remedios de la época, descubrió uno magnífico, barato y grato. Tomarse un delicioso vaso de leche, el cual casi al instante eliminaba su agudo dolor y por buen tiempo. Se le hizo hábito y llegó a tomar varios litros de leche al día; cada vez necesitó más. No sabía que las grasas de la leche, luego de cubrir las paredes ulcerosas aliviándole, se hacían ácido láctico, ¡que lo ulceraba con mayor fuerza!
Tuvo la ilusión de curarse, mientras el remedio lo mataba. No supo -menos mal-, que él se propinó su muerte, se suprimió. Por hacer lo mejor, hizo lo peor.
Con razón afirma la sabiduría popular, que es sabia porque reúne la experiencia de cientos o miles de personas que: “El camino al infierno está lleno de buenas intenciones”.
Podría ocurrir algo análogo con el “remedio” para la repitencia y la deserción escolar. Que a cambio de corregir las fallas psicológicas y pedagógicas -lo lógico- que causan en nuestros estudiantes la repitencia y la deserción ataca su efecto aparente: disminuye el número de alumnos que pierde el año, los promueve, obviando su pobre rendimiento académico, mientras anula de un plumazo la autoridad de los profesores... la que les quedaba. Parecido al rey que recorría desnudo su comarca, vestido con un vestido invisible.
La tesis de Rousseau, Spock y los hippies
¿Podría ser infeliz un perro de apartamento… precisamente por tener todo a la mano? Ya lo veremos.
La propuesta del Ministerio tiene un trasfondo psicológico, evitarle a los estudiantes sufrir por perder un año, con las consecuencias en vergüenza, pena y castigos de sus padres. ¡Sí que las conocí yo en mi época de mal estudiante! Y es que de ser posible evitarles esos sufrimientos ¿por qué razón no hacerlo? Algo muy coherente con eliminar cualquier sanción y castigo de la escena educativa.
Esta tesis fue acogida desde 1945 entre los padres amorosos con la publicación del libro del doctor Spock sobre la crianza amorosa, y cada vez más alcanzó a los mismos profesores. ¿Está usted de acuerdo con la obligatoriedad de los debes? ¿O peor aún, con sancionar o castigar a un estudiante? (…) Es muy seguro que no.
La soporta la ideología que recorre el mundo desde que Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) la proclamó, quien sin pudor, ni conocimiento sobre el asunto, predicó la necesidad de rechazar cualquier sanción a los jóvenes, apoyado sobre un razonamiento por completo cojo y falso: la supuesta inocencia absoluta de los niños; dijo:
Ni le impongáis [al niño] ningún género de castigo, pues no sabe qué cosa sea cometer una falta. Ni lo hagáis nunca que pida perdón, pues no puede ofenderos[3].
Absurdo. Algo que hasta la profesora más ingenua de preescolar refutaría al instante. Sin embargo, con la gran crisis existencial de la segunda guerra mundial, los padres de familia y los colegios “progresistas”, querían escuchar tesis reconfortantes. Es cuando el doctor Spock publica su famoso manifiesto de la crianza amorosa, a quien pronto secundan los hippies y los movimientos comunistas que auguraban un mundo de paz, amor, fraternidad e igualdad.
Las normas, las exigencias, las sanciones causaron la tragedia, dijeron. Había que acabar con la educación y la crianza “represivas”. Fácil y sencillo. Bastaba con eliminar los sufrimientos, las frustraciones, las sanciones, y cada quien haría lo que quisiese, incluidos los niños. ¡Nadie obligaría a nadie!. De este modo llegaría el paraíso prometido de la libertad, todos vivirían felices, reinaría la alegría por siempre. Magnífico.
La labor de los padres desde entonces sería darles la mejor vida a sus hijos, la de los profesores igual. Ideología que comenzó a liderar la recién creada televisión que elevó el consumo hasta cifras escandalosas.
Mientras tanto se debía anular la autoridad del profesor, cambiarla por la figura ligth de un asistente, asesor, tutor, consejero, “amigo” de los estudiantes, sin poder sobre ellos; ni siquiera del de hacerles perder su materia cuando fuera justo. Absurdo. Algunos “pedagogos” hasta propusieron considerar a los niños ¡científicos en potencia!, poseedores de saberes previos que debía consultar el profesor; nadie ignoraba nada. Los pedagogos estaban embriagados, y los hippies sí que más, pues a las mismas ilusiones le agregaban sexo y drogas en cantidad industrial.
¿Que ocurriría al vivir entre la abundancia?
Pensaron -pensamos- que eliminada la educación “represiva” donde un profesor sabía más que sus alumnos (¡no, de ninguna manera!) y les dictaba clase (¡No!), en lugar de entre todos “construir” el conocimiento (¡acumulado por 2.500 generaciones!), y eliminadas las calificaciones en rojo y la pérdida dolorosa del año aparecería una nueva y radical generación de muchachos alegres, entusiastas, felices. Valía la pena intentarlo… era tan sencillo. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes?
Desconocíamos que un agudo filósofo -Schopenhauer- había advertido sobre la ingenuidad de esa ideología amorosa, constructivista, seudo democrática. Les pidió a sus contemporáneos imaginar el país de Utopía, donde los alimentos crecían por su propio impulso, sin la mano de los hombres, donde los pollos volaban ¡ya asados!, donde los amantes se encontraban sin postergaciones, entregándose uno al otro sin ningún impedimento. “¡Ése sí sería el paraíso!”, respondieron todos, pues siempre fue la ilusión vivir en la abundancia. Hasta los marxistas lo creen igual, son apologistas de la riqueza.
Y no hay tal, les replicó. ¡Semejaría mucho más al infierno!, el infierno de la abundancia. Predijo que miles de personas morirían de físico aburrimiento, al no tener nada útil que hacer (como hoy les ocurre a millones de niños), o se suicidarían por llevar una vida ¡tan miserable! (como les sucede a millones de muchachos), o jugarían a la guerra o a otras maneras intensas de sentir ¡alguna emoción! (como les ocurre a millones de adultos).
¿Que ocurriría si cada estudiante tuviese asegurado su año y su cupo?
Viviría feliz, iría con gusto al colegio, mejoraría su auto estima, estudiaría sin obligación, por el gusto de hacerlo, y muchas otras ganancias. Maravilloso. (¿Cómo no se nos había ocurrido antes?).
Debí leer al presidente de la APA, Martín Seligman, para entender el error. Luego de décadas de investigar a niños pesimistas, derrotados, concluyó con una idea asombrosa: "…demasiado éxito, o una existencia demasiado regalada dejan al niño indefenso cuando termina topando con su primer suspenso”[4]… situado cerca del filo de la existencia.
¡Por supuesto! Si desde pequeños nuestros alumnos se habitúan a que cualquier mamarracho dibujado es hermoso, interesante –como es la moda en los colegios “progresistas”–, o a nivelar cualquier asignatura, o nunca sacan calificaciones rojas ni pierden el año si no se esfuerzan lo suficiente, sus colegios les hacen el mayor daño posible: los CONFUNDEN.
Y no en cualquier asunto, sino en algo tan central como descifrar cómo funciona la sociedad. Los sitúan en una burbuja de cristal, alejada en absoluto de la realidad, donde cada a quien lo valoran por sus aportes, por su esfuerzo, tenacidad, compromiso, lucha. Además de que en la realidad existen severas sanciones, dolor, enfermedades, pobreza, muerte. Lo supo con todo dolor Buda.
El éxito y una vida fácil son malos consejeros para vivir la existencia. Lo sabían con su experiencia milenaria nuestros viejos abuelos y los sabios profesores de antes, a quienes calificamos hoy de “represivos”, pero que formaron muy buenas generaciones de hombres y mujeres. ¿Por qué?
Porque la vida fácil bloquea el sistema de expectativa, esfuerzo, logro de los niños y jóvenes
Por una poderosa razón que hasta ahora descubre la neuropsicología: el éxito y una vida fácil paralizan el sistema de expectativa, esfuerzo, logro de los niños y jóvenes. En consecuencia, los muchachos pierden lo más grato de vivir: las SATISFACCIONES. Carencia que los inclina hacia las dos peores epidemias psicológicas de nuestro tiempo: la depresión y el suicidio.
La pista vino de los estudios del psicólogo húngaro Mihaly Csikszentmihalyi, quien siguió por décadas a pintores, bailarinas, empresarios, escaladores, y muchos quienes no llevaban una vida, tranquila, plácida, con todo resuelto; sino al revés. Comprobó algo notable: que eran personas más satisfechas con ellas y con la vida, pues vivían insertos en elevados retos, habitaban el reino de la dificultad, bien intuido por el maestro Estalisnao Zuleta.
El investigador cita a una mujer de 23 años de edad cuya tesis es precisa. ”Desde el principio quise ser una bailarina profesional. Ha sido duro: poco dinero, muchos viajes y mi madre quejándose siempre de mi trabajo; pero el amor a la danza me ha sostenido siempre. Ahora es parte de mi vida, una meta, una parte de mí sin la que no podría vivir. Ha sido duro”[5].
¡Qué suerte! Csikszentmihalyi confirmó que los más felices eran quienes asumían retos mayores, muchos casi imposibles, y de modo desconcertante disfrutaban el mayor estado psicológico conocido llamado “conciencia fluida”.
Recién aparece la explicación de por qué son más felices quienes enfrentan dificultades y problemas; contrario a la ideología que difunde cada noche la televisión: ser feliz = consumir más y tener más.
Es bioquímica, un neurotransmisor y ciertas regiones cerebrales. Enfrentar y superar problemas y retos hace secretar dos sustancias cerebrales muy gratas: la dopamina y la serotonina. Dopamina durante el proceso, y serotonina ante cada resultado positivo ascendente hacia la meta, o cuando se requiere de esfuerzo adicional. En los más esforzados siempre.
Expectativa 2
expectativa 1 esfuerzo logro 1
dopamina serotonina dopamina
S a t i s f a c c i ó n P s i c o l ó g i c a
La dopamina fluye al crear la expectativa de sentirse capaz de superar el reto. Por caso, cuando luego de perder su casa por un terremoto alguien elige enfrentar con energía y dinamismo el reto inmenso de reconstruirla, desde ese instante y los meses siguientes, su cerebro secretará la deliciosa dopamina y serotonina, los neurotransmisores de la expectativa positiva, el esfuerzo y los logros… ¡de la felicidad!.
Las abejas fueron los primeros organismos que sintetizaron dopamina. Poseen la primera neurona de este futuro gran sistema afectivo. Preciso fluye cuando al volar captan una flor que podría contener el delicioso néctar. Desde ese instante su minúsculo cerebro secreta la sustancia y le crea a la abeja EXPECTATIVA positiva... hasta que se posa sobre el objeto de su deseo. Expectativas que podrían faltarle en grandes dosis a nuestros estudiantes e hijos; mucho más luego de la implantación del decreto “educativo” al que hago referencia.
Apoyado por décadas de investigación, la gran conclusión de Csikszentmihalyi es que “El montañero no escala para alcanzar la cumbre de la montaña, trata de alcanzarla con el fin de escalar”.[6]
Al escalar, el escalador se reta, se auto exige al máximo, en correspondencia su cerebro es dadivoso con sus deliciosas sustancias. Le da las mismas que se inyectan los adictos… sin esfuerzo, sin sacrificio. Adictos al consumo, que los hunde en cada día necesitar más de modo artificial. Los humanos derivamos SATISFACCION (dopamina y serotonina) al afrontar retos, situaciones extremas; nunca del bienestar, la comodidad, ni el consumo. Satisfacciones –por supuesto- ausentes en los muchachos deprimidos o próximos al suicidio, como con quien inicio el artículo.
Razón para que en el colegio los estudiantes con alta expectativa disfruten mucho más que los estudiantes con baja[7]. El problema es que decretos como el 230 anulan en todos los estudiantes el hecho de imponerse retos, exigencias, tareas. Anula por completo el mecanismo motivacional de la expectativa positiva, los deja peor parados que la sencilla abeja.
Y a no pocos sufriendo “abulia”, un término que se popularizará pronto, pues “La abulia se relaciona con un trastorno de la voluntad, y se reserva en la clínica para aquellos pacientes quienes, estando plenamente conscientes, son incapaces de comunicar o de iniciar y autorregular conductas dirigidas a un propósito. Esto implicaría que, desde un punto de vista conceptual, la abulia y la apatía quizás formen parte de un cuadro de déficit motivacional”.[8]
Por salvar artificiosamente a los peores estudiantes, en lugar de descubrir las causas de su bajo rendimiento, condena a todos a la mediocridad. Y no a cualquiera, sino a la más grave de cuantas conocemos: a la mediocridad motivacional, pues bloquea las funciones mentales superiores. ¿Para qué esforzarse si hay nivelaciones, validaciones y en caso de pérdida el salvavidas del Decreto 230? Para nada.
La vida fácil fragiliza el yo
“Recuerdo que una vez me eché a llorar porque se me había acabado la pastilla de jabón mientras me duchaba. En otra ocasión lloré porque durante un instante se atascó una de las teclas de mi ordenador”.
Andrew Solomon [9]
Una última cuestión. ¿Quién quiere que su hijo sufra, pase trabajos, hambre, vergüenzas? ¡Nadie!.
¿Y qué ocurrirá cuando le ocurra? (…) Podría ser lo que le pasó a Andrew Solomon: que el incidente más mínimo lo derrotó, lo hizo llorar siendo adulto. Nadie le enseñó a lidiar con las adversidades. Demasiado grave, pues la AUTO FRAGILIDAD deriva fácil en depresión y suicidio juvenil.
Un experimento clásico de la psicología, cuyos resultados fueron tan desconcertantes que ni su autor se atrevió a mencionar, hoy nos da luces valiosas sobre si tiene razón Rousseau, el doctor Spock, los hippies sobre la conveniencia de evitarles a los estudiantes las dificultades, eliminar los deberes, los castigos… desterrar cualquier sufrimiento de los colegios. ¿Estaban ellos o nosotros equivocados?
El hoy muy respetado doctor Seligman colocó un grupo de 50 ratas de laboratorio en un estanque de agua del cual les fue imposible escapar. Nadaron con angustia hasta alcanzar una pared, intentaron escalarla pero caían de nuevo a la alberca; una y otra vez ocurrió igual. La desesperanza fue insoportable. Mientras tanto nuestro novel investigador registraba cuántos minutos supervivía cada desdichada rata.
Cuál no sería su sorpresa al constatar que mientras la mayoría soportó la tragedia en promedio solo 30 minutos, un pequeño grupo de cinco ratas luchó de uno hasta tres días con sus noches incluidas, agotaron el último milímetro de glucosa en su sangre.
Seligman duró meses descifrando el acertijo sin lograr nada. Hasta que algún día al ingresar al laboratorio, el encargado le dijo: “Doctor Seligman, he de confesarle algo que me trasnocha desde hace semanas. Recuerda cuando me envió a comparar 50 ratas de laboratorio. Solo había 45, pero el encargado me prometió conseguirme 5 por la noche.”
Y consiguió cinco ratas de alcantarilla. ¡Fueron éstas las que superaron todas las adversidades! Me imagino que sospecha la explicación.
La pregunta pendiente es si hoy educamos a nuestros hijos o alumnos como ratas de laboratorio en hogares amorosos y dadivosos, eximiéndoles de cualquier obligación o deber, o como organismos de alcantarilla. Es fácil sacar las conclusiones y las consecuencias previsibles.
¿Pero podrían estar todos equivocados, incluido el mismo Ministerio de Educación? Si. Nada es más difícil de objetar que una creencia que la mayoría comparte, más si es “progresista”, libertaria y amorosa. En este caso es casi imposible.
Otra consecuencia no menor del Decreto 230 es convertir al colegio en una guardería amorosa; para nada en un modelo real a escala de la sociedad adulta donde vivirán nuestros estudiantes, basado en el trabajo exigente, comprometido, de muchas fricciones, decepciones.
Concluyo con la reflexión del maestro Fernando Savater en su bello libro, El valor de educar, cuando reconviene a los padres amorosos, laxos, compresivos que desterraron los deberes y las sanciones de su hogar, siguiendo los preceptos de Rousseau, Spock y los hippies, muy aplicable hoy a los mismos profesores:
“Si los padres no ayudan a los hijos con su autoridad amorosa a crecer y prepararse para ser adultos, serán las instituciones públicas las que se verán obligadas a imponerles el principio de la realidad, no con afecto sino por la fuerza. Y de este modo sólo se logran envejecidos niños díscolos, no ciudadanos adultos libres.”[10].
Y sí. Los perros de apartamento que tienen todo a la mano -menos lo importante, retos y compañeros- atraviesan una existencia en absoluto aburrida, que los conduce a un estado de postración, aburrimiento, apatía; como también le puede estar ocurriendo a millones de muchachos, a quienes por hacerles lo mejor, por facilitarles la vida, podríamos estar condenando a una vida miserable. Todavía estamos a tiempo de hacer algo.
[1] Psicólogo de la Universidad Javeriana, Magister Honoris Causa en "Desarrollo de la Educación y la Inteligencia"
(Universidad Católica del Ecuador). Presidente Academia Colombiana de Pedagogía y Educación. Director Científico de la Fundacion Internacional de Pedagogia Conceptual ALBERTO MERANI. fipcam@pedagogiaconceptual.com,
[2] Basado en mi libro Psicología de la felicidad. Fundación Internacional de Pedagogía Conceptual ALBERTO MERANI. Bogotá, 2007 WWW.pedagogíaconceptual.com
[3] Martín Rivera Alvarado, 2.000 pensamientos de grandes filósofos, Editorial Diana, México, 1988, p. 134.
[4] Martín Seligman, Indefensión, Editorial Debate, Madrid, 1975, p. 221.
[5] Csikszentmihalyi Mihaly y Csikszentmihalyi Isabella. Experiencia Óptima. Editorial Desclée De Brouwer, S.A. – Bilbao, 1998. p. 208
[6] Ídem, p. 47
[7] Ídem, p. 317
[8] Luque, R. y Villagrán, J. M. Psicopatología descriptiva: Nuevas tendencias. Editorial Trotta, Madrid, 2000 p. 171
[9] Solomon, A. El demonio de la depresión. Editorial B-Grupo Z, Barcelona, 2002. p. 109
[10] Savater, F. El valor de educar, Editorial Ariel, Barcelona, 1991, p. 64
lunes, 4 de mayo de 2009
sábado, 2 de mayo de 2009
EDUCACION DE ADULTOS
Educación de adultos
La educación de adultos es formal y se brinda a personas en extraedad que deseen suplir y completar su formación o validar sus estudios. Sus principios básicos son el desarrollo humano integral, la pertinencia, la participación y la flexibilidad.
Se ofrece a las personas con edades de trece (13) años o más, que no han ingresado a ningún grado del ciclo de educación básica primaria o han cursado como máximo los tres primeros grados; a las personas con edades de quince (15) años o más que no han iniciado la básica secundaria y a las personas mayores de dieciocho (18) años que no han ingresado a la educación media.
La educación para adultos se desarrolla por Ciclos Regulares o Ciclos Lectivos Especiales Integrados. Los Ciclos Lectivos Especiales Integrados son unidades curriculares estructuradas, equivalentes a determinados grados de la educación formal regular; constituidos por objetivos y contenidos pertinentes, debidamente seleccionados e integrados de manera secuencial para la consecución de los logros establecidos en el respectivo PEI.
Por lo tanto, un Ciclo Especial Integrado no es un agregado de contenidos para ser desarrollados atropelladamente a razón de uno por trimestre, ya que busca vincular las diferentes áreas del conocimiento.
La educación básica formal de adultos se desarrolla en cuatro ciclos lectivos especiales integrados, cada uno con una duración mínima de cuarenta (40) semanas y distribuidos en los períodos que disponga el PEI. Estos ciclos están organizados de tal forma que la formación y los logros alcanzados tengan las siguientes correspondencias con los ciclos lectivos regulares de la educación básica:
1. El primer ciclo, con los grados primero, segundo y tercero2. El segundo ciclo, con los grados cuarto y quinto3. El tercer ciclo, con los grados sexto y séptimo4. El cuarto ciclo, con los grados octavo y noveno
La educación media formal de adultos se ofrece en dos ciclos lectivos especiales integrados, que pueden tener una duración de un año (44 semanas) o dos años y equivalen a los grados décimo y undécimo de la educación media regular.
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